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¿Dónde queda mi cuerpo de mujer?


Llevo recogiendo relatos de mujeres sobre sus embarazos, partos, pospartos, procesos de fertilidad, duelos, lactancias, etc durante un tiempo y el otro día (noche) me pregunté cómo había llegado yo misma a esta peculiar situación y me pareció oportuno compartirlo también.

 

Retrocedí hasta una cajita azul de flores llena de una especie de balas de algodón. Yo era pequeña y me gustaba jugar con ella sin tener ni idea de lo que era, igual que otra caja de pomada con un tigre que olía tan fuerte que me lloraban los ojos.

 

Nunca me contaron lo que era, pero lo que tapaba lo tapó tan bien que tampoco lo vi nunca. Así un día, con unos once años, cuando ya sólo estábamos mi padre y yo, al ir al baño a hacer pis en mi braga apareció un resto que me pareció decir que no me había limpiado muy bien la caca anterior. Limpié y limpié extrañada y con vergüenza. Eché mi braga a lavar y también las 15 bragas siguientes cada vez más extrañada y avergonzada. Cuando mi padre fue a poner una lavadora un par de días después, me encontró por supuesto en el baño esperando a ver si volvía a ser capaz de controlar mi caca y me dijo: ¿te ha venido la regla?

 

Algún tiempo después, no demasiado, me di cuenta de que si apretaba o frotaba “por donde hacía pis” notaba el corazón más fuerte ahí mismo, como dando botes y que si seguía parecía que me hacía pis y todo eso era casi lo único que quería hacer, porque me encantaba. Lo podía hacer delante de la gente sin que se dieran cuenta y luego ir al baño para terminar o incluso sólo con pensarlo ya daba botes y era increíble. Al mismo tiempo, en el cole empezaron a bromear sobre pajas o dedos y desde luego no encajaba con lo que yo hacía, así que se reían de mí porque no tenía ni idea de lo que hablaban. También se rieron de mí cuando me pareció una guarrada que se pudiera besar con lengua y es que había visto Top Gun a escondidas y yo no quería hacer eso ni nada de lo demás.

 

Después empecé a querer adaptarme y vaya, los chicos me gustaban. El alcohol y el tabaco me lo pusieron fácil, como a todos los que me rodeaban. En una de estas, estábamos otra chica y yo con un chico de los populares en su casa bebiendo. Por nuestra corta experiencia con los ritmos e intensidades del alcohol, la otra chica fue al baño a sofocar su urgencia. Este chico aprovechó el momento para besarme, algo que me sorprendió pues yo me creía en una división inferior. Al principio me sentí bien por eso mismo, pero enseguida me pareció una falta hacia la otra chica y le rechacé. Esto no le hizo ninguna gracia y el ahora enorme y lleno de brazos chico popular me tenía agarrada en el suelo y bajándome los pantalones mientras yo de repente no era capaz de gritar ni llorar. Afortunadamente la otra chica entró en escena para quejarse por sentirse traicionada, por mí claro. Pero pude salir corriendo tras ella a pedirle perdón y escapar de un final no deseado. No hubo consuelo ni perdón para mí, ni siquiera cuando me volví a poner en la división inferior al día siguiente cuando ambas volvimos a ayudarle a limpiar su coche. Crowded House siempre me ha gustado y repelido a partes iguales desde entonces.

 

Pronto dejé de usar sujetador, tacones, tampones, maquillaje o depilarme y no por nada feminista, que ahora sabido fenomenal, sino porque no me hacían sentir cómoda o bien y eso me era suficiente. El tabaco lo dejé años más tarde y el alcohol más tarde todavía, pero siempre por la misma razón.

 

Tuve la suerte de que mi primer amor fue correspondido por un hombre que me acompañó por el camino de la sexualidad adulta compartida desde el juego, el respeto y el amor y me ayudó a sanar heridas. Tuvo el mismo talante cuando acudí en su ayuda con el corazón que él mismo había roto. También por eso hoy es uno de mis mejores amigos. 

 

Hasta mi actual compañero y padre de mis hijas he pasado por muchas relaciones, algunas sexuales y otras también afectivas, pero ésta de ahora es la más larga y colorida de todas. Es una historia de infidelidad sostenida, sospechada y acallada que fue más tarde detenida, hablada, llorada y muy trabajada con sexo, con amor y por fin respeto. Salimos de lo socialmente convenido para reencontrarnos con nuestra mejor versión. Durante ese proceso nos vimos con ganas de hacer partícipes a otras personas de nuestra sexualidad y resultó que esa llamada era nuestra maternidad y paternidad.

 

Lo que sabía sobre parir hasta la universidad era únicamente que dolía, y esto para mí le dejaba en una buena posición puesto que con mi dolor ya había tenido sendas peleas que habían acabado en un té entre amigas. El primer año de Psicología compartí piso con un profesor de filosofía que me dejó un libro sobre parto orgásmico. Estaba deseando que me contaran más sobre la psicología del embarazo, parto y posparto en la carrera, pero nunca llegó. Una amiga tuvo a su hija y me reveló que era ineludible que te raparan, te pusieran un enema, te cortaran la vagina y si te ponías tonta te ataban al potro. Después fui testigo incidental de una kristeller. Limpié cientos de veces los paritorios de un hospital y escuché conversaciones de matronas que hoy querría olvidar. Era fácil que defendiera el parto en casa con estos datos sueltos y que no quisiera saber mucho más.

 

Por primera vez mi pareja y yo quisimos fiarnos de nuestros cuerpos, de mi cuerpo, de mi instinto y quisimos y pudimos entregar esto a un acompañamiento de parto en casa llegado el momento. Tanto confié en ellos que cuando quise dejar de hacerlo me topé con lo que más temía en el camino que elegí para evitarlo, como suele pasar. Violencia obstétrica hospitalaria de lo más gore. Física y emocional. Tanta, que salí del paritorio fingiendo agradecimiento por pavor a que se quedaran además con mi bebé, cosa que tantearon.

 

No hubo consuelo ni perdón, ni lloros ni gritos. Dos de los sanitarios testigos vinieron a la habitación a hacerme saber su malestar, pero lo retiraron cuando quise que lo firmaran. Nunca me arrepentiré de no denunciar en el primer año de vida de mi hija y perder esa energía entonces por un historial que se empeñaron en borrar una y mil veces. Por todo lo que acompaño ahora, la media en años para que suene realista formalizar una denuncia la calculo en unos 6 o 7 años tras el parto. Mi pareja quiso encontrar apoyo en una reunión del Parto es Nuestro, con tan mala suerte que una pediatra le machacó de irresponsable y nunca más volvió. Para entonces mi estrés postraumático ni siquiera me permitía hablarlo en mi propia casa.

 

La lactancia materna hizo maravillas con nosotras y nos convirtió en un equipo feliz y fuerte de nuevo. Todos los prejuicios de la crianza y sin saberes que arrastraba se me olvidaron, para bien nuestro, y enseguida quisimos ser una más. Pero entonces nos encontramos posicionándonos en el mismo lugar que antes del primer parto y nos dimos cuenta de que no podíamos arrastrar ahora a nuestras dos hijas hasta ahí.

 

Esta vez confié en mi cuerpo, pero también en mí, mamífera con crías, y me informé más, me rodeé mejor y no sentí miedo. Así no había nada con lo que toparse ni evitar. Tuve un parto intenso y sin ninguna intervención. Mi útero también botó ahora, noté a mi bebé por todas partes saliendo al otro lado de mi piel con mi ayuda. Mi hija nació en casa. Nació gris y con necesidad de reanimación. Y se reanimó con un amoroso masaje de nuestra partera que la devolvió a mis brazos rosa y berreando, cada día doy gracias. Pero mi oxitocina, tan necesaria para expulsar la placenta, se quedó ahí y tuve una buena hemorragia que necesitó un traslado al hospital. Gracias al hospital por estar cuando se necesita, pero qué bueno es sentirse poderosa para contestar amenazas, era imposible ejercer la violencia esta vez, no con nosotras, las “extra-muros” como nos llamaron.

 

Casi cuatro años después del primer parto, estoy recuperándome físicamente de las lesiones que me ocasionaron, algunas irreversibles, otras con cirugía y otras con mucha paciencia. Lo compagino con una crianza a la que le dedico el tiempo y atención que creo que merecen además del acompañamiento a mujeres, bebés y familias que tanto me apasiona y en el que me formé en medio de toda esta maravillosa vorágine que rodea a mi cuerpo de mujer, que siempre estuvo ahí, sabio y laborioso a pesar de todo y de mí.

 

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Zuriñe Serradilla Hernáez

Psicóloga sanitaria Col. O-03322

Asesora de Lactancia

Doula

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