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Vanesa 2


Mi segundo embarazo no tuvo nada que ver al primero, me quedé embarazada cuando mi hijo mayor tenía unos dos años, la barriga me salió antes y, aunque en ninguno de los dos embarazos tuve mucha, me tocó para verano, hacía mucho calor y lo llevaba muy mal.

 

Estaba cansadísima, no veía la hora de que me dieran la baja pues me costaba dormir, no pude dormir bocarriba desde antes de saber que estaba embarazada (cosa que suelo hacer), estaba molesta.

 

El calor también le afectaba a mi hijo de dos años, con los burros que conlleva esa edad sumado a las cosas raras que le dicen sus padres de una cosa que se llama “hermano”, estaba cansada…. En el momento que mi pareja tuvo vacaciones decidimos irnos, era Julio, teníamos tres semanas libres, estaba de 6 meses, el niño no se había colocado aún como parece costumbre en mis embarazos y nos marchamos a la Rochelle-Francia que está a 5 horas de mi ciudad. Una locura pensaréis muchas…. pues yo no lo pensé…en mi anterior embrazo me fui a Almería que me pilla más lejos y fue todo estupendo.

 

La primera semana todo normal, estaba más descansada porque estaba mi pareja y tenía más momentos de descaso mientras él estaba con el niño. Un día tuve la sensación de que tenía la barriga enorme, que me costaba caminar, no sabía por qué ya que nunca había tenido esa sensación y tampoco se me ocurrió pensar que el bebé se podía haber colocado, estaba a gusto y punto.

 

Una mañana al levantarme noté un flujo que me pareció raro, pero era poco y me asusté poco. Me quedé con ello en la cabeza, pero pensé que sería el flujo normal que suelo tener cuando estoy embarazada unido al calor que tenía, pero a la hora siguió cayendo y ya no pude negar que se me había roto la bolsa amniótica.

 

Fuimos a un hospital que había en el pueblo, la enfermera me trató fatal, me echó la bronca cuarenta veces (todo esto sin saber ningún idioma más que cada uno el suyo), yo en ese momento estaba asustada e intentaba pasar el trago con dignidad, aunque no pude ya que lloraba como una madalena. Mi hijo pequeño se puso nervioso y se recorrió un par de habitaciones mientras su padre hablaba con los médicos con su mal inglés y cuando volvía me contaba lo que había visto.

 

Me explicaron que me paraban el embarazo, me daban corticoides para que los pulmones del bebé se formaran con rapidez por lo que pudiese pasar, y tendría que reposar en cama hasta que me pusiera de parto. Entre tanto la enfermera me dijo de todo, porque no sé francés, pero cuando quieren se hacen entender bastante bien. Ahí llegaron los médicos le dijeron que se callase que no era su deber opinar y llamaron a un conductor de ambulancia argentino.

 

Allí ya les expliqué bien mi caso gracias a la traducción del conductor, ellos hicieron sus preguntas más técnicas y me trasladaron a un hospital en Poitiers. No me relajé, pero al menos poco a poco dejé de sentir que había intentado agredir a mi hijo durante el camino al nuevo hospital gracias los integrantes de la ambulancia.

 

Una vez llegué al nuevo hospital (hospital impresionante allá donde lo mires, con habitaciones compartidas, que ya las quisiera yo para el hospital de mi ciudad) me dejaron con las nuevas enfermeras y mientras se daban cambio escuché como le decían los integrantes de la ambulancia que yo era simpática, lo cual a mí me dio que pensar que igual en el hospital no iban a ser tan amables.

 

Pues el primer día fue así:  nada de amabilidad... mi hijo pequeño se recorrió la planta mientras su padre estaba con los médicos, de vez en cuando me lo traía alguna enfermedad agarrado de los brazos y me decía “este niño” mientras él moría de la risa y yo también. Supongo en que llega un momento en el drama que tienes que reírte porque si no te hundes o no sé… pero fue mi reacción.

 

Después me cambiaron de habitación donde las matronas y médicas me empezaron a tratar con educación y amabilidad, lo cual me ayudó a relajarme. Yo creo que todo el mundo desde el principio tenía miedo que el bebé llegase a causa de los nervios. Mi compañera de habitación tampoco fue agradable, criticó todo, cada vez que venían sus familiares les contaba toda la historia: que me había venido desde España embarazada de vacaciones y sin saber francés y que por el trayecto e imprudencia se me rompió la bolsa.

 

Jamás me había sentido tan mal, la tercera vez que contaba mi historia a la familia me dieron ganas de decirle que el francés cuando se repite tanto no es tan difícil de entender, y que sabía lo que decía. En el hospital me ayudaron bastante, las matronas se portaban muy bien conmigo y eran muy agradables, una vez que todo estaba en orden me pusieron una habitación individual cosa que agradecí mucho, y mi querida compañera de habitación también se enfadó, y preguntó varias veces que por qué a ella no, si su marido tampoco era de Poitiers, que yo venía de otro país y me lo daban. Me dieron ganas de darle en toda la cara.

 

De todas formas, me hubiese gustado poder explicarle que no era todo tan bonito, que me daban esa habitación porque luego le pasan la factura al país de donde provengo. En este hospital previo pago tenías de todo: peluquería, depilación, habitaciones privadas…eso en mi ciudad no pasa y me sorprendió. Pero era un hospital tranquilo y con los días dejé de sentirme una asesina y empecé a encontrarme solo como una persona que ha tenido un accidente en el embarazo.

 

Hubo problemas con las comunicaciones entre hospitales, y con los datos que tenían debido al poco líquido de la bolsa amniótica las mediciones del bebe no eran correctas y podía haber problemas con el peso del bebé. La cosa es que estando en España el bebé venía grande y en Francia decían lo contrario y había inquietud, ya que si nacía con poco peso habría problemas a pesar de que tenía ya los pulmones formados.

 

En medio de todo esto me llamaban los míos desde España y perdía el control, acababa contando demasiado, me daban bajones o intentaba estar contenta y aparentaba demasiada felicidad… en general creo que di la imagen (y supongo que me sentí) como una loca, algo que mucha gente al volver me echó en cara con sutileza por las cosas que les contaba. Supongo que me lo merezco porque esa mezcla de miedo, culpabilidad, ansiedad, inseguridad y sentimientos que nunca llegué a reconocer, me hicieron decir cosas que ojalá pudiera borrar.

 

Creo que socialmente todo lo relacionado con las sensaciones y sentimientos que se pueden tener en los embarazos y post-parto son un tema tabú: no puedes decir que tienes cambios de humor, ni reacciones de protección hacia el bebé, ni miedos... sobre todo esos miedos que te hacen perder el control, enseguida te miran como si te pasase algo raro, como si a otras madres esto no le pasase, incluyendo algunas que ya han sido madres que si haces algún comentario sobre lo que te pasa es como si ellas no lo hubiesen vivido, como si en sus embarazos y partos no hubiesen tenido cambios emocionales y si tienes algún sentimiento de duda o políticamente incorrecto te echan esa mirada juzgándote o te insinúan que no es normal y que son chorradas y que te comportas como una flipada.

 

Hoy intentando recordar todas las sensaciones aún me entristece, aunque el resultado fue algo maravilloso.

 

Tres semanas después de llegar al hospital de Poitiers y bastante más tranquila que el primer día empecé a tener contracciones, eran flojas y las matronas del turno de noche dijeron que mejor esperar un poco (durante estas tres semanas tuve cuatro matronas: dos en el turno de noche (que eran siempre las mismas) y otras dos en turno de día (cada semana una matrona distinta) y todas me ayudaron a sentirme mejor conmigo) Esa mañana di a luz a un niño de 2kg, fue parto natural, me enseñaron él bebe y se lo llevaron junto a su padre  para comprobar que todo estaba en su sitio.

 

Me habían puesto epidural y después del parto estaba animadísima… después del efecto estaba fatal. El niño se quedó en la incubadora, podía ir a cogerle cuando quisiera, pesaba lo mismo que mi primer hijo al nacer, pero me parecía más pequeño y no me atrevía a sacarlo de la incubadora ni a bañarle. Iba a darle el pecho, estaba un poco con él y me iba.

 

Las matronas empezaron a alertarse y me llamaron la atención para que le cogiese, me hacían muchas preguntas (creo que por miedo a que tuviese un rechazo al bebe o algo así). Seguía sintiéndome cansada, me dolían los puntos mucho más que los de la cesárea, me costaba andar y solo quería llorar, tenía muchos bajones y me sentía fatal, pero en unos días empecé a encontrarme mejor con el bebé.

 

Los médicos me informaron que tenía el útero bicorne y esa podía ser la consecuencia de que mi primer embarazo no se colocara el bebe por falta de sitio y la rotura de bolsa del segundo. Eso más el viaje, claro.

 

Al final conseguimos que una ambulancia nos trasladase a mi ciudad. Cuando llegué, el niño se quedó en la incubadora y cuando se dieron cuenta que pesaba 2kg fliparon ya que en España 2 kilos de un bebe son de otra manera: en Francia no estaba en la línea de peligro, pero lo trataban con mucha cautela y aquí se trataba solo de protocolos, en realidad el bebé estaba estupendo. Una semana más en incubadora y listo.

 

Yo seguía cansadísima… en realidad me sentía derrotada. En neonatos vi a otras madres como yo con sus altibajos y sus dolores y me hizo sentirme menos sola.

 

Él bebe no abrió los ojos en tres meses ¡él también estaba cansado! pero hoy es un niño activo y alegre y al final lo malo se queda atrás y siempre merece la pena.

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Zuriñe Serradilla Hernáez

Psicóloga sanitaria Col. O-03322

Asesora de Lactancia

Doula

mamacreciente@protonmail.com

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