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Crónica de un parto inducido

 

Hace ya más de 10 años, con 31 años, de la llegada de Andrés a nuestras vidas, así que espero no olvidar muchos detalles importantes de esta experiencia vital.

 

Para poder explicar algunas de las peculiaridades del parto de Andrés es importante que señale que en mi primera cita médica, la que tuve con mi matrona, ésta fijó mi FPP (Fecha Probable de Parto) para mediados de agosto en base a mi última menstruación. Esta fecha se adelantó notablemente hasta el 4 de agosto al hacerme el obstetra la primera ecografía. Este hecho me resultó bastante extraño porque mi ciclo menstrual es totalmente regular y yo estaba muy segura de mi última menstruación.

 

No puedo alargarme mucho en describir los 9 meses de embarazo, pues transcurrieron con total normalidad, no tuve ninguna molestia que afectara al desarrollo normal de mi vida y trabajé prácticamente hasta el día del parto.

 

Llegamos al 4 de agosto, fecha probable de parto, sin ninguna señal que indicara un pronto desenlace y así lo corroboró la monitorización en el hospital y la posterior del día 8 de agosto. Así que en esta última me dieron fecha de ingreso para la inducción del parto por estar ya, supuestamente, en la semana 41 de gestación.

 

El día 10 de agosto ingresé a las 16.00h y ya tenía algunas contracciones débiles. A lo largo de la tarde y noche estas contracciones se volvieron más fuertes y rítmicas, tanto que pensé que la inducción no iba a ser necesaria. Pero no… ¡todo mi gozo en un pozo! Cuando me atendieron a las 9.00h el tacto sólo reveló que estaba empezando a borrar el cuello del útero. La inducción se convirtió en realidad.

 

Desde que me colocaron el gel, las contracciones comenzaron a ser más dolorosas y, pese a ser casi desde el principio muy seguidas, cada tacto sólo confirmaba que el proceso de dilatación iba a ser muy lento.

 

Pasé el día recorriendo el pasillo de maternidad, buscando posturas para soportar las contracciones, sin usar apenas la cama y encadenando tactos que no daban noticias de pronto desenlace.

 

Para las 23.00h, sin haber dormido la noche anterior, estaba ya agotada y no había llegado ni a 2 centímetros de dilatación.

 

A la 1.00h del 12 de agosto me recomendaron encarecidamente ponerme la epidural pues mi estado de agotamiento no era el óptimo para un parto sin ella. La verdad es que fue un descanso aunque era algo que no tenía en mente apenas un día antes.

 

Justo en el momento en que me suministraron la epidural hubo un cambio de turno y la matrona que entró en “escena” no era tan empática como el personal que me había atendido a lo largo de todo el día.

 

Me quedé en la sala de monitores con mi pareja y ella se fue al puesto de control desde el que me dijo que fuera empujando cuando le comuniqué que sentía mucha presión en la pelvis.

 

Y ahí estaba yo, empujando aleatoriamente, sin saber si era efectivo porque no nos explicó que debía controlar las contracciones en el monitor al no poder sentirlas con la epidural.

 

No recuerdo mucho sobre mi estancia en la sala de monitores, creo que sobre las 3.30h me llevaron al paritorio, al que no dejaron entrar al futuro padre. Y de esta enorme y fría sala sólo recuerdo el fluorescente que tenía justo encima, la voz de la matrona pidiéndome que empujara y una enfermera a mi lado que acabó practicándome la maniobra Kristeller de la que no tenía ni idea.

 

Finalmente, eran casi las 4.00h del día 12 de agosto cuando me colocaron en el pecho a Andrés, que nació con 4,100 kg y 54,5 cm. Su padre pudo entrar a acompañarnos y sin dejarme amamantar al pequeño se lo llevaron a lavarlo. A mí me llevaron a la habitación porque era “imperativo” que descansara y no volví a verlo hasta las 8.00h de la mañana. Como es lógico, en ese período de tiempo, ni dormí, ni descansé, porque lo que necesitaba era tener a mi bebé conmigo. A día de hoy sigo sin entender por qué esa separación si los dos estábamos bien.

 

Cuando por fin nos reencontramos por fin pude ponerlo al pecho, al que afortunadamente se agarró sin ningún problema pese a haberle sido administrado un biberón sin ningún consentimiento por mi parte.

 

Continué con la lactancia materna hasta casi los 3 años pese a los continuos intentos que esos días tras el parto se hicieron por que no tuviera éxito. Cada 3 horas me traían un biberón de 50 ml para Andrés con su consiguiente cantinela sobre si yo tenía leche o no, sobre el peso del niño que necesitaba más alimento del que yo pudiera ofrecerle… afortunadamente me había informado bien sobre la lactancia materna y tenía muy claro lo que iba a hacer, pero comprendo que muchas madres sin información acaben abandonando con ese trato.

 

Resumiendo, cualquier expectativa que hubiese tenido sobre el parto desapareció en el mismo momento en que ingresé en el hospital. En general, no tengo queja de la mayoría del personal sanitario que me atendió, aunque sí de esa parte de ellos que, pese a las recomendaciones de la OMS sobre lactancia materna, seguían insistiendo en no ayudarme en ese proceso.

 

Para un libro daría la bofetada de realidad que supone la maternidad, pero 10 años llevamos ya y vamos sobreviviendo.

 

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Zuriñe Serradilla Hernáez

Psicóloga sanitaria Col. O-03322

Asesora de Lactancia

Doula

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